Un choque de intereses

7 Mar

Me encanta lo que hago... a veces

Dados algunos sucesos recientes en mi vida, le he estado dando harta vuelta en mi cabeza a un dilema que, creo, afecta a la gran mayoría de chilenos.  La aparente oposición entre la pega y “la pasión”.  Pocos, muy pocos, pueden decir con algún grado de certeza, que viven de lo que más les gusta.

En mi caso, trabajo como abogado en una buena oficina, con un ambiente laboral excelente, con buenos jefes y condiciones satisfactorias; pero de ahí a que el due dilligence, la redacción de contratos y los aumentos de capital sean mi pasión, hay un enorme trecho.  Y por lo tanto, me pregunto ¿cuál sería mi pasión? ¿Tengo realmente algo que podría hacer el resto de mi vida?

Durante mi adolescencia, en los primeros años puber, quise ser escritor.  La idea era escribir novelas, cuentos y columnas de opinión… ser deslenguado, generar debate, agregarle contenido a una sociedad que encontraba particularmente sorda a las opiniones minoritarias.  Así, soñaba con tener la suficiente independencia para ganarme una tribuna, y desde ahí generar contenido que pusiera a pensar.  Dejé esa idea en el tintero un tiempo, dado que vivía fuera de Chile, y no conocía cómo era el mercado laboral para un escritor y columnista en un país que, a la sazón, tenía tan pocos medios escritos donde ejercer.

Así, fui alimentando la idea de ser actor.  El histrionismo lo he tenido siempre, y la idea de crear un personaje, de darle vida, con sus tics, sus mañas, sus complejos, sus sueños, me parecía fascinante. Evidentemente, a esa edad “ser actor” significaba estar en películas, o en el peor de los casos, series televisivas de alto vuelo.  Jamás, bajo ningún punto de vista, pensé en el teatro porque me carga (al menos en Chile), o lo que es peor, las teleseries.  Como es lógico, el sueño de ser actor duró poco.

Así, entre el descarte y el auto-convencimiento, llegué  a Derecho, carrera para la cual tengo cierta aptitud, pero que en ningún caso podría calificar como mi pasión. No puedo decir que sea infeliz como abogado.   Creo que me entretengo en mi ejercicio profesional, y lo que es mejor, su desarrollo me permite tener los medios para darme, esporádicamente al menos, unos gustillos que sí me apasionan.   Sigue leyendo

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Tengo un amigo…

1 Mar
Mi amigo en 40 años más

Mi amigo en 40 años más

Tengo un amigo que está profundamente desilusionado de las mujeres chilenas.  Tiene buena pinta, tiene mundo, es interesante y relativamente exitoso para sus cortos 30 años. Y no soporta a las mujeres chilenas.  Las encuentra chatas, intelectualmente inmaduras, fomes, y superficiales.  Seguramente piensa lo mismo de la mayoría de los hombres chilenos (especialmente de los petimetres), pero como no pretende acostarse con ellos, ni entablar una relación de corto/mediano/largo plazo, a ellos los reemplaza con su música setentera psicodélica.

Le contesto con seguridad que se equivoca, que no todas son así, que tiene que ampliar su círculo, pero me contesta, con cierto grado de entrega, que mientras más lo amplía y mientras más conoce, más se decepciona. Sigue leyendo

A un año del terremoto

28 Feb

En India, el terremoto es de otro tipo.

Más que hablar del aniversario del terremoto, cosa que ya se ha hecho en extenso en los últimos días, estoy usando el terremoto como fecha de reseteo, o punto de partida para ver cómo se desarrolló mi vida desde ese lamentable día.  Recuento:

1.- Viví en Shanghai, China: Y no me fascinó.  Ni Shanghai, ni China en general. Dando por descontado que es un país y una cultura impresionante, y sabiendo que sueno como un pueblerino ignorante, nunca me sentí amigo de su gente, ni de sus costumbres, olores, sabores, conceptos. Y no me estoy poniendo chovinista, he vivido en varios países además de esta larga y angosta franja, y he visitado tantos otros, y simplemente con China no hubo caso.  Juro que lo intenté, pero las diferencias entre ellos y yo eran abismantes y parece que la capacidad de adaptación fue cediendo ante la impaciencia y la apatía.  Me imagino que, al igual que con la gente, con los países, y sobre todo con sus pueblos y culturas, hay química, y esta se tiene o no se tiene.  Cuando no se tiene, hay que limitarse a ser cordial y cumplir con un mínimo de respeto.  Eso fue lo que hice allá.

2.- Conviví con mi polola: Sí, yo sé que para la mayoría de los chilenos esto no tiene nada de novedoso, pero en mi caso sí lo fue, y fue toda una experiencia, considerando el poco tiempo que llevábamos pololeando cuando empezó nuestro concubinato.  Como nos fuimos juntos a China, a la misma pega, nos tocó no solo dormir y despertarnos juntos, si no que ir a trabajar juntos.  Toda una experiencia, ciertamente muy reveladora… y por suete, ya instalados en Chile, seguimos juntos y felices.  Esa sí que es “la prueba del amor”. 

3.- Conocí India: Estuve casi un mes en el norte de India, y no hay palabras para describir lo enriquecedora de la experiencia.  Al igual que China, se trata de una cultura diametralmente opuesta a la nuestra, pero, a diferencia de China, acá tuve una conexión absoluta.  Grité, peleé, maldije, insulté, me insultaron, me trataron de robar, me reí, gocé, y aun así quiero volver.  No hay lugar en el mundo más intenso que India.  Quedó pendiente el norte extremo, así que el próximo pique con la Titi es a McLeo Ganj, Amristar, Rishikesh y de ahí a Nepal.  Pendiente en el To-Do list.

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